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    The Poems of Octavio Paz

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      con el mismo papel descolorido

      donde un hombre en camisa lee el periódico

      o plancha una mujer; el cuarto claro

      que visitan las ramas del durazno;

      el otro cuarto: afuera siempre llueve

      y hay un patio y tres niños oxidados;

      cuartos que son navíos que se mecen

      en un golfo de luz; o submarinos:

      el silencio se esparce en olas verdes,

      todo lo que tocamos fosforece;

      mausoleos del lujo, ya roídos

      los retratos, raídos los tapetes;

      trampas, celdas, cavernas encantadas,

      pajareras y cuartos numerados,

      todos se transfiguran, todos vuelan,

      cada moldura es nube, cada puerta

      da al mar, al campo, al aire, cada mesa

      es un festín; cerrados como conchas

      el tiempo inútilmente los asedia,

      no hay tiempo ya, ni muro: ¡espacio, espacio,

      abre la mano, coge esta riqueza,

      corta los frutos, come de la vida,

      tiéndete al pie del árbol, bebe el agua!,

      todo se transfigura y es sagrado,

      es el centro del mundo cada cuarto,

      es la primera noche, el primer día,

      el mundo nace cuando dos se besan,

      gota de luz de entrañas transparentes

      el cuarto como un fruto se entreabre

      o estalla como un astro taciturno

      y las leyes comidas de ratones,

      las rejas de los bancos y las cárceles,

      las rejas de papel, las alambradas,

      los timbres y las púas y los pinchos,

      el sermón monocorde de las armas,

      el escorpión meloso y con bonete,

      el tigre con chistera, presidente

      del Club Vegetariano y la Cruz Roja,

      el burro pedagogo, el cocodrilo

      metido a redentor, padre de pueblos,

      el Jefe, el tiburón, el arquitecto

      del porvenir, el cerdo uniformado,

      el hijo predilecto de la Iglesia

      que se lava la negra dentadura

      con el agua bendita y toma clases

      de inglés y democracia, las paredes

      invisibles, las máscaras podridas

      que dividen al hombre de los hombres,

      al hombre de sí mismo, se derrumban

      por un instante inmenso y vislumbramos

      nuestra unidad perdida, el desamparo

      que es ser hombres, la gloria que es ser hombres

      y compartir el pan, el sol, la muerte,

      el olvidado asombro de estar vivos;

      amar es combatir, si dos se besan

      el mundo cambia, encarnan los deseos,

      el pensamiento encarna, brotan alas

      en las espaldas del esclavo, el mundo

      es real y tangible, el vino es vino,

      el pan vuelve a saber, el agua es agua,

      amar es combatir, es abrir puertas,

      dejar de ser fantasma con un número

      a perpetua cadena condenado

      por un amo sin rostro; el mundo cambia

      si dos se miran y se reconocen,

      amar es desnudarse de los nombres:

      «déjame ser tu puta», son palabras

      de Eloísa, mas él cedió a las leyes,

      la tomó por esposa y como premio

      lo castraron después; mejor el crimen,

      los amantes suicidas, el incesto

      de los hermanos como dos espejos

      enamorados de su semejanza,

      mejor comer el pan envenenado,

      el adulterio en lechos de ceniza,

      los amores feroces, el delirio,

      su yedra ponzoñosa, el sodomita

      que lleva por clavel en la solapa

      un gargajo, mejor ser lapidado

      en las plazas que dar vuelta a la noria

      que exprime la substancia de la vida,

      cambia la eternidad en horas huecas,

      los minutos en cárceles, el tiempo

      en monedas de cobre y mierda abstracta;

      mejor la castidad, flor invisible

      que se mece en los tallos del silencio,

      el difícil diamante de los santos

      que filtra los deseos, sacia al tiempo,

      nupcias de la quietud y el movimiento,

      canta la soledad en su corola,

      pétalo de cristal es cada hora,

      el mundo se despoja de sus máscaras

      y en su centro, vibrante transparencia,

      lo que llamamos Dios, el ser sin nombre,

      se contempla en la nada, el ser sin rostro

      emerge de sí mismo, sol de soles,

      plenitud de presencias y de nombres;

      sigo mi desvarío, cuartos, calles,

      camino a tientas por los corredores

      del tiempo y subo y bajo sus peldaños

      y sus paredes palpo y no me muevo,

      vuelvo a donde empecé, busco tu rostro,

      camino por las calles de mí mismo

      bajo un sol sin edad, y tú a mi lado

      caminas como un árbol, como un río

      caminas y me hablas como un río,

      creces como una espiga entre mis manos,

      lates como una ardilla entre mis manos,

      vuelas como mil pájaros, tu risa

      me ha cubierto de espumas, tu cabeza

      es un astro pequeño entre mis manos,

      el mundo reverdece si sonríes

      comiendo una naranja, el mundo cambia

      si dos, vertiginosos y enlazados,

      caen sobre la yerba: el cielo baja,

      los árboles ascienden, el espacio

      sólo es luz y silencio, sólo espacio

      abierto para el águila del ojo,

      pasa la blanca tribu de las nubes,

      rompe amarras el cuerpo, zarpa el alma,

      perdemos nuestros nombres y flotamos

      a la deriva entre el azul y el verde,

      tiempo total donde no pasa nada

      sino su propio transcurrir dichoso,

      no pasa nada, callas, parpadeas

      (silencio: cruzó un ángel este instante

      grande como la vida de cien soles),

      ¿no pasa nada, sólo un parpadeo?

      —y el festín, el destierro, el primer crimen,

      la quijada del asno, el ruido opaco

      y la mirada incrédula del muerto

      al caer en el llano ceniciento,

      Agamenón y su mugido inmenso

      y el repetido grito de Casandra

      más fuerte que los gritos de las olas,

      Sócrates en cadenas (el sol nace,

      morir es despertar: «Critón, un gallo

      a Esculapio, ya sano de la vida»),

      el chacal que diserta entre las ruinas

      de Nínive, la sombra que vio Bruto

      antes de la batalla, Moctezuma

      en el lecho de espinas de su insomnio,

      el viaje en la carreta hacia la muerte

      —el viaje interminable mas contado

      por Robespierre minuto tras minuto,

      la mandíbula rota entre las manos—,

      Churruca en su barrica como un trono

      escarlata, los pasos ya contados

      de Lincoln al salir hacia el teatro,

      el estertor de Trotski y sus quejidos

      de jabalí, Madero y su mirada

      que nadie contestó: ¿por qué me matan?,

      los carajos, los ayes, los silencios

      del criminal, el santo, el pobre diablo,


      cementerios de frases y de anécdotas

      que los perros retóricos escarban,

      el animal que muere y que lo sabe,

      saber común, inútil, ruido obscuro

      de la piedra que cae, el son monótono

      de huesos machacados en la riña

      y la boca de espuma del profeta

      y su grito y el grito del verdugo

      y el grito de la víctima . . . son llamas

      los ojos y son llamas lo que miran,

      llama la oreja y el sonido llama,

      brasa los labios y tizón la lengua,

      el tacto y lo que toca, el pensamiento

      y lo pensado, llama el que lo piensa,

      todo se quema, el universo es llama,

      arde la misma nada que no es nada

      sino un pensar en llamas, al fin humo:

      no hay verdugo ni víctima . . . ¿y el grito

      en la tarde del viernes?, y el silencio

      que se cubre de signos, el silencio

      que dice sin decir, ¿no dice nada?,

      ¿no son nada los gritos de los hombres?,

      ¿no pasa nada cuando pasa el tiempo?

      —no pasa nada, sólo un parpadeo

      del sol, un movimiento apenas, nada,

      no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,

      los muertos están fijos en su muerte

      y no pueden morirse de otra muerte,

      intocables, clavados en su gesto,

      desde su soledad, desde su muerte

      sin remedio nos miran sin mirarnos,

      su muerte ya es la estatua de su vida,

      un siempre estar ya nada para siempre,

      cada minuto es nada para siempre,

      un rey fantasma rige tus latidos

      y tu gesto final, tu dura máscara

      labra sobre tu rostro cambiante:

      el monumento somos de una vida

      ajena y no vivida, apenas nuestra,

      —¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,

      ¿cuándo somos de veras lo que somos?,

      bien mirado no somos, nunca somos

      a solas sino vértigo y vacío,

      muecas en el espejo, horror y vómito,

      nunca la vida es nuestra, es de los otros,

      la vida no es de nadie, todos somos

      la vida—pan de sol para los otros,

      los otros todos que nosotros somos—,

      soy otro cuando soy, los actos míos

      son más míos si son también de todos,

      para que pueda ser he de ser otro,

      salir de mí, buscarme entre los otros,

      los otros que no son si yo no existo,

      los otros que me dan plena existencia,

      no soy, no hay yo, siempre somos nosotros,

      la vida es otra, siempre allá, más lejos,

      fuera de ti, de mí, siempre horizonte,

      vida que nos desvive y enajena,

      que nos inventa un rostro y lo desgasta,

      hambre de ser, oh muerte, pan de todos,

      Eloísa, Perséfona, María,

      muestra tu rostro al fin para que vea

      mi cara verdadera, la del otro,

      mi cara de nosotros siempre todos,

      cara de árbol y de panadero,

      de chofer y de nube y de marino,

      cara de sol y arroyo y Pedro y Pablo,

      cara de solitario colectivo,

      despiértame, ya nazco: vida y muerte

      pactan en ti, señora de la noche,

      torre de claridad, reina del alba,

      virgen lunar, madre del agua madre,

      cuerpo del mundo, casa de la muerte,

      caigo sin fin desde mi nacimiento,

      caigo en mí mismo sin tocar mi fondo,

      recógeme en tus ojos, junta el polvo

      disperso y reconcilia mis cenizas,

      ata mis huesos divididos, sopla

      sobre mi ser, entiérrame en tu tierra,

      tu silencio dé paz al pensamiento

      contra sí mismo airado; abre la mano,

      señora de semillas que son días,

      el día es inmortal, asciende, crece,

      acaba de nacer y nunca acaba,

      cada día es nacer, un nacimiento

      es cada amanecer y yo amanezco,

      amanecemos todos, amanece

      el sol cara de sol, Juan amanece

      con su cara de Juan cara de todos,

      puerta del ser, despiértame, amanece,

      déjame ver el rostro de este día,

      déjame ver el rostro de esta noche,

      todo se comunica y transfigura,

      arco de sangre, puente de latidos,

      llévame al otro lado de esta noche,

      adonde yo soy tú somos nosotros,

      al reino de pronombres enlazados,

      puerta del ser: abre tu ser, despierta,

      aprende a ser también, labra tu cara,

      trabaja tus facciones, ten un rostro

      para mirar mi rostro y que te mire,

      para mirar la vida hasta la muerte,

      rostro de mar, de pan, de roca y fuente,

      manantial que disuelve nuestros rostros

      en el rostro sin nombre, el ser sin rostro,

      indecible presencia de presencias . . .

      quiero seguir, ir más allá, y no puedo:

      se despeñó el instante en otro y otro,

      dormí sueños de piedra que no sueña

      y al cabo de los años como piedras

      oí cantar mi sangre encarcelada,

      con un rumor de luz el mar cantaba,

      una a una cedían las murallas,

      todas las puertas se desmoronaban

      y el sol entraba a saco por mi frente,

      despegaba mis párpados cerrados,

      desprendía mi ser de su envoltura,

      me arrancaba de mí, me separaba

      de mi bruto dormir siglos de piedra

      y su magia de espejos revivía

      un sauce de cristal, un chopo de agua,

      un alto surtidor que el viento arquea,

      un árbol bien plantado mas danzante,

      un caminar de río que se curva,

      avanza, retrocede, da un rodeo

      y llega siempre:

      México, 1957

      from

      Salamandra

      * * * *

      Salamander

      [1958–1961]

      Dawn

      Cold rapid hands

      draw back one by one

      the bandages of dark

      I open my eyes still

      I am living at the center

      of a wound still fresh

      [CT]

      Here

      My footsteps in this street

      echo in another street

      where I hear my footsteps

      passing in this street

      where

      Only the mist is real

      Shot

      for Lasse Söderberg

      The word leaps

      in front of thought

      in front of sound

      the word leaps like a horse

      in front of the wind

      like a sulfur bull

      in front of the night

      it’s lost in the streets of my skull

      the tracks of the beast are everywhere

      the scarlet tattoo on the face of the tree

      the ice tattoo on the tower’s forehead

      the electric tattoo on the sex of the church

      its claws in your neck

      its paws on your belly

      the violet sign

      the sunflower that turns toward the targe
    t

      toward the scream toward the bored

      the sunflower that turns like a flayed sigh

      the signature of the nameless across your skin

      everywhere the blinding scream

      the black swell that covers thought

      the angry bell that clangs in my head

      the bell of blood in my chest

      the image that laughs at the top of the tower

      the word that explodes the words

      the image that burns all the bridges

      the woman who vanished in the middle of a kiss

      the derelict who killed her children

      the idiot the liar the incestuous daughter

      the persecuted doe

      the prophetic beggarwoman

      the girl who in the middle of my life

      wakes me and says remember

      Pedestrian

      He walked among the crowds

      on the Boulevard Sebastó,

      thinking about things.

      A red light stopped him.

      He looked up: over

      the gray roofs, a fish flew,

      silvery among the brown birds.

      The light turned green.

      As he crossed the street he wondered

      what he’d been thinking.

      Pause

      in memory of Pierre Reverdy

      They’ve come:

      a few birds

      and a black thought.

      Murmur of trees,

      murmur of trains and engines,

      is this moment coming or going?

      The silence of the sun

      is beyond lamentation and laughter,

      it sinks its beak

      deep in the rocks’ rock scream.

      Heart-sun, beating rock,

      blood rock that becomes a fruit:

      wounds open without pain,

      my life flows on, resembling life.

      Certainty

      If it is real the white

      light from this lamp, real

      the writing hand, are they

      real, the eyes looking at what I write?

      From one word to the other

      what I say vanishes.

      I know that I am alive

      between two parentheses.

      [CT]

      Landscape

      Rock and precipice,

      more time than stone,

      timeless matter.

      Through its scars

      falling without moving,

      perpetual virgin water.

      The immense rests,

      stone on stone,

      stone on air.

      The world unfolds

      as it is, unmoving

      sun in the abyss.

      Scales of vertigo:

     


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