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    B00CMDZOCW EBOK

    Page 36
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    Pura inspiración

      Y nada de método.

      Y al día siguiente rodamos

      Hasta Pilpico y Llay Llay

      Y pasamos sin detenernos

      Por La Ligua y Los Vilos

      Y cruzamos el río Petorca

      Y el río

      Quilimari

      Y el Choapa hasta llegar

      A La Serena

      Y el río Elqui

      Y finalmente Copiapó

      Y el río Copiapó

      En donde nos detuvimos

      Para comer empanadas

      Frías.

      Y Pancho Ferri

      Volvió con las aventuras

      Intercontinentales

      Del Caraculo y del Jetachancho,

      Dos músicos de Valparaíso

      Perdidos

      En el barrio chino de Barcelona.

      Y el pobre Caraculo, dijo

      El vocalista,

      Estaba casado y tenía que

      Conseguir plata

      Para su mujer y sus hijos

      De la estirpe Caraculo,

      De tal forma que se puso a traficar

      Con heroína

      Y un poco de cocaína

      Y los viernes algo de éxtasis

      Para los súbditos de Venus.

      Y poco a poco, obstinadamente,

      Empezó a progresar.

      Y mientras el Jetachancho

      Acompañaba a Aldo Di Pietro,

      ¿Lo recuerdan?,

      En el Café Puerto Rico,

      El Caraculo veía crecer

      Su cuenta corriente

      Y su autoestima.

      ¿Y qué lección podíamos

      Sacar los Neochilenos

      De la vida criminal

      De aquellos dos sudamericanos

      Peregrinos?

      Ninguna, salvo que los límites

      Son tenues, los límites

      Son relativos: gráfilas

      De una realidad acuñada

      En el vacío.

      El horror de Pascal

      Mismamente.

      Ese horror geométrico

      Y oscuro

      Y frío

      Dijo Pancho Ferri

      Al volante de nuestro bólido,

      Siempre hacia el

      Norte, hasta

      Toco

      En donde descargamos

      La megafonía

      Y dos horas después

      Estábamos listos para actuar:

      Pancho Relámpago

      Y los Neochilenos.

      Un fracaso pequeño

      Como una nuez,

      Aunque algunos adolescentes

      Nos ayudaron

      A volver a meter en la camioneta

      Los instrumentos: niños

      De Toco

      Transparentes como

      Las figuras geométricas

      De Blaise Pascal.

      Y después de Toco, Quillagua,

      Hilaticos, Soledad, Ramaditas,

      Pintados y Humberstone,

      Actuando en salas de fiestas vacías

      Y burdeles reconvertidos

      En hospitales de Liliput,

      Algo muy raro, muy raro que tuvieran

      Electricidad, muy

      Raro que las paredes

      Fueran semisólidas, en fin,

      Locales que nos daban

      Un poco de miedo

      Y en donde los clientes

      Estaban encaprichados con

      El fist-fucking y el

      Feet-fucking,

      Y los gritos que salían

      De las ventanas y

      Recorrían el patio encementado

      Y las letrinas al aire libre,

      Entre almacenes llenos

      De herramientas oxidadas

      Y galpones que parecían

      Recoger toda la luz lunar,

      Nos ponían los pelos

      De punta.

      ¿Cómo puede existir

      Tanta maldad

      En un país tan nuevo,

      Tan poquita cosa?

      ¿Acaso es éste

      El Infierno de las Putas?

      Se preguntaba en voz alta

      Pancho Ferri.

      Y los Neochilenos no sabíamos

      Qué responder.

      Yo más bien reflexionaba

      Cómo podían progresar

      Esas variantes neoyorkinas del sexo

      En aquellos andurriales

      Provincianos.

      Y con los bolsillos pelados

      Seguimos subiendo:

      Mapocho, Negreiros, Santa

      Catalina, Tana,

      Cuya y

      Arica,

      En donde tuvimos

      Algo de reposo —e indignidades.

      Y tres noches de trabajo

      En el Camafeo de

      Don Luis Sánchez Morales, oficial

      Retirado.

      Un lugar lleno de mesitas redondas

      Y lamparitas barrigonas

      Pintadas a mano

      Por la mamá de don Luis,

      Supongo.

      Y la única cosa

      Verdaderamente divertida

      Que vimos en Arica

      Fue el sol de Arica:

      Un sol como una estela de

      Polvo.

      Un sol como arena

      O como cal

      Arrojada ladinamente

      Al aire inmóvil.

      El resto: rutina.

      Asesinos y conversos

      Mezclados en la misma discusión

      De sordos y de mudos,

      De imbéciles sueltos

      Por el Purgatorio.

      Y el abogado Vivanco,

      Un amigo de don Luis Sánchez,

      Preguntó qué mierdas queríamos decir

      Con esa huevada de los Neochilenos.

      Nuevos patriotas, dijo Pancho,

      Mientras se levantaba

      De la reunión

      Y se encerraba en el baño.

      Y el abogado Vivanco

      Volvió a enfundar la pistola

      En una sobaquera

      De cuero italiano,

      Un fino detalle de los chicos

      De Ordine Nuovo,

      Repujada con primor y pericia.

      Blanco como la luna

      Esa noche tuvimos que meter

      Entre todos

      A Pancho Ferri en la cama.

      Con cuarenta de fiebre

      Empezó a delirar:

      Ya no quería que nuestro grupo

      Se llamara Pancho Relámpago

      Y los Neochilenos,

      Sino Pancho Misterio

      Y los Neochilenos:

      El terror de Pascal.

      El terror de los vocalistas,

      El terror de los viajeros,

      Pero jamás el terror

      De los niños.

      Y un amanecer,

      Como una banda de ladrones,

      Salimos de Arica

      Y cruzamos la frontera

      De la República.

      Por nuestros semblantes

      Hubiérase dicho que cruzábamos

      La frontera de la Razón.

      Y el Perú legendario

      Se abrió ante nuestra camioneta

      Cubierta de polvo

      E inmundicias,

      Como una fruta sin cáscara,

      Como una fruta quimérica

      Expuesta a las inclemencias

      Y a las afrentas.

      Una fruta sin piel

      Como una adolescente desollada.

      Y Pancho Ferri, desde

      Entonces llamado Pancho

      Misterio, no salía

      De la fiebre,

      Musitando como un cura

      En la parte de atrás

      De la camioneta

      Los avatares –palabra india–

      Del Caraculo y del Jetachancho.

      Una vida delgada y dura

      Como soga y sopa de ahorcado,

      La del Jetachancho y su

      Afortunado hermano siamés:

      Una vida o un estudio

      De los caprichos del viento.


      Y los Neochilenos

      Actuaron en Tacna,

      En Mollendo y Arequipa,

      Bajo el patrocinio de la Sociedad

      Para el Fomento del Arte

      Y la Juventud.

      Sin vocalista, tarareando

      Nosotros mismos las canciones

      O haciendo mmm, mmm, mmmmh,

      Mientras Pancho se fundía

      En el fondo de la camioneta,

      Devorado por las quimeras

      Y por las adolescentes desolladas.

      Nadir y cenit de un anhelo

      Que el Caraculo supo intuir

      A través de las lunas

      De los narcotraficantes

      De Barcelona: un fulgor

      Engañoso,

      Un espacio diminuto y vacío

      Que nada significa,

      Que nada vale, y que

      Sin embargo se te ofrece

      Gratis.

      ¿Y si no estuviéramos

      En el Perú?, nos

      Preguntamos una noche

      Los Neochilenos.

      ¿Y si este espacio

      Inmenso

      Que nos instruye

      Y limita

      fuera una nave intergaláctica,

      Un objeto volador

      No identificado?

      ¿Y si la fiebre

      De Pancho Misterio

      Fuera nuestro combustible

      O nuestro aparato de navegación?

      Y después de trabajar

      Salíamos a caminar por

      Las calles del Perú:

      Entre patrullas militares, vendedores

      Ambulantes y desocupados,

      Oteando

      En las colinas

      Las hogueras de Sendero Luminoso,

      Pero nada vimos.

      La oscuridad que rodeaba los

      Núcleos urbanos

      Era total.

      Esto es como una estela

      Escapada de la Segunda

      Guerra Mundial

      Dijo Pancho acostado

      En el fondo de la camioneta.

      Dijo; filamentos

      De generales nazis como

      Reichenau o Model

      Evadidos en espíritu

      Y de forma involuntaria

      Hacia las Tierras Vírgenes

      De Latinoamérica:

      Un hinterland de espectros

      Y fantasmas.

      Nuestra casa

      Instalada en la geometría

      De los crímenes imposibles.

      Y por las noches solíamos

      Recorrer algunos cabaretuchos:

      Las putas quinceañeras

      Descendientes de aquellos bravos

      De la Guerra del Pacífico

      Gustaban escucharnos hablar

      Como ametralladoras.

      Pero sobre todo

      Les gustaba ver a Pancho

      Envuelto en varias y coloridas mantas

      Y con un gorro de lana

      Del altiplano

      Encasquetado hasta las cejas

      Aparecer y desaparecer

      Como el caballero

      Que siempre fue,

      Un tipo con suerte,

      El gran amante enfermo del sur de Chile,

      El padre de los Neochilenos

      Y la madre del Caraculo y el Jetachancho,

      Dos pobres músicos de Valparaíso,

      Como todo el mundo sabe.

      Y el amanecer solía encontrarnos

      En una mesa del fondo

      Hablando del kilo y medio de materia gris

      Del cerebro de una persona

      Adulta.

      Mensajes químicos, decía

      Pancho Misterio ardiendo de fiebre,

      Neuronas que se activan

      Y neuronas que se inhiben

      En las vastedades de un anhelo.

      Y las putitas decían

      Que un kilo y medio de materia

      Gris

      Era bastante, era suficiente, para qué

      Pedir más.

      Y a Pancho se le caían

      Las lágrimas cuando las escuchaba.

      Y luego llegó el diluvio

      Y la lluvia trajo el silencio

      Sobre las calles de Mollendo,

      Y sobre las colinas,

      Y sobre las calles del barrio

      De las putas,

      Y la lluvia era el único

      Interlocutor.

      Extraño fenómeno: los Neochilenos

      Dejamos de hablarnos

      Y cada uno por su lado

      Visitamos los basurales de

      La Filosofía, las arcas, los

      Colores americanos, el estilo inconfundible

      De Nacer y Renacer.

      Y una noche nuestra camioneta

      Enfiló hacia Lima, con Pancho

      Ferri al volante, como en

      Los viejos tiempos,

      Salvo que ahora una puta

      Lo acompañaba

      Una puta delgada y joven,

      De nombre Margarita,

      Una adolescente sin par,

      Habitante de la tormenta

      Permanente.

      Sombra delgada y ágil

      La ramada oscura

      Donde curar sus heridas

      Pancho pudiera.

      Y en Lima leímos a los poetas

      Peruanos:

      Vallejo, Martín Adán y Jorge Pimentel.

      Y Pancho Misterio salió

      Al escenario y fue convincente

      Y versátil.

      Y luego, aún temblorosos

      Y sudorosos

      Nos contó una novela

      llamada Kundalini

      De un viejo escritor chileno.

      Un tragado por el olvido.

      Un nec spes nec metus

      Dijimos los Neochilenos.

      Y Margarita.

      Y el fantasma,

      El hoyo doliente

      En que todo esfuerzo

      Se convierte,

      Escribió —parece ser—

      Una novela llamada Kundalini,

      Y Pancho apenas la recordaba,

      Hacía esfuerzos, sus palabras

      Hurgaban en una infancia atroz

      Llena de amnesia, de pruebas

      Ginmásticas y mentiras,

      Y así nos la fue contando,

      Fragmentada,

      El grito Kundalini.

      El nombre de una yegua turfista

      Y la muerte colectiva en el hipódromo.

      Un hipódromo que ya no existe.

      Un hueco anclado

      En un Chile inexistente

      Y feliz.

      Y aquella historia tuvo

      La virtud de iluminar

      Como un paisajista inglés

      Nuestro miedo y nuestros sueños

      Que marchaban de Este a Oeste

      Y de Oeste a Este,

      Mientras nosotros, los Neochilenos

      Reales

      Viajábamos de Sur

      A Norte.

      Y tan lentos

      Que parecía que no nos movíamos.

      Y Lima fue un instante

      De felicidad,

      Breve pero eficaz.

      ¿Y cuál es la relación, dijo Pancho,

      Entre Morfeo, dios

      Del sueño

      Y morfar, vulgo

      Comer?

      Sí, eso dijo,

      Abrazado por la cintura

      De la bella Margarita,

      Flaca y casi desnuda

      En un bar de Lince, una noche

      Leída y partida y

      Poseída

      Por los relámpagos

      De la quimera.

      Nuestra necesidad.

      Nuestra boca abierta

      Por la que entra

      La papa

      Y por la que salen

      Los sueños: estelas

      Fósiles

      Coloreadas con la paleta

      Del apocalipsis.

      Sobrevivientes, dijo Pancho

      Ferri.

      Latinoamericanos con suerte.

      Eso es todo.


      Y una noche antes de partir

      Vimos a Pancho

      Y a Margarita

      De pie en medio de un lodazal

      Infinito.

      Y entonces supimos

      Que los Neochilenos

      Estarían para siempre

      Gobernados

      Por el azar.

      La moneda

      Saltó como un insecto

      Metálico

      De entre sus dedos:

      Cara, al sur,

      Cruz, al norte,

      Y luego nos subimos todos

      A la camioneta

      Y la ciudad

      De las leyendas

      Y del miedo

      Quedó atrás.

      Un feliz día de enero

      Cruzamos

      Como hijos del Frío,

      Del Frío Inestable

      O del Ecce Homo,

      La frontera con Ecuador.

      Por entonces Pancho tenía

      28 o 29 años

      Y pronto moriría.

      Y 17 Margarita.

      Y ninguno de los Neochilenos

      Pasaba de los 22.

      THE NEOCHILEANS

      to Rodrigo Lira

      The trip began one happy day in November,

      But in a sense the trip was over

      When we started.

      All times coexist, said Pancho Ferri,

      The lead singer. Or they converge,

      Who knows.

      The prologue, however,

      Was simple:

      With a resigned gesture we boarded

      The van our manager

      Had given us in a fit

      Of madness

      And set off for the north,

      The north which magnetizes dreams

      And the seemingly

      Meaningless songs of the Neochileans,

      A north, how should I put it?

      Foretold in the white kerchief

      Sometimes covering

      My face

      Like a shroud.

      A white kerchief unsullied

      Or not

      On which were projected

      My nomadic nightmares

      And my sedentary nightmares.

      And Pancho Ferri

      Asked

      If we knew the story

      Of Caraculo

      And Jetachancho

      Grasping the steering wheel

      With both hands and

      Making the van tremble

      As we looked for the exit

      From Santiago,

      Making it tremble as if it were

      Caraculo’s

      Chest

      Carrying a weight unbearable

      For any human.

      And I remembered then that on the day

      Before our departure

      We’d been

      In the Parque Forestal

      Visiting the monument

      To Ruben Dario.

      Goodbye, Ruben, we said, drunk

      And stoned.

      Now those trivial acts

      Get confused

      With screams heralding

      Real dreams.

      But that’s how we Neochileans were,

      Pure inspiration

      And no method at all.

      And the next day we rolled

      On to Pilpico and Llay Llay

      And shot through

      La Ligua and Los Vilos

      Without stopping

      And crossed the Petorca River

      And the Quilimari

      River

      And the Choapa until we arrived

      At La Serena

      And the Elqui River

      And finally Copiapó

     


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